El Insulto

Durante quince años (de 1975 a 1990) Líbano sufrió una guerra civil que destruyó la loable convivencia que durante décadas habían alcanzado tanto la población (mayoritaria) musulmana como la (muy relevante) cristiana y maronita. El problema central fue la dañina presencia de la OLP que bajo el belicoso mando de Yaser Arafat convirtió el Líbano en su centro logístico para sus sangrientas e interminables guerras de guerrilla contra Israel.

Este es el marco en el que hay que situar esta película libanesa de 2017: un pueblo malherido, repleto de llagas y amargura, que trata de salir adelante tras los destrozos emocionales y físicos causados tanto por tropas extranjeras como por milicias connacionales. El dolor sigue siendo una sombra espesa y turbia que cubre a unos habitantes que no consiguen olvidar ni perdonar los agravios y zarpazos de la confrontación y el resentimiento.

Así la película comienza con una discusión surgida de un incidente trivial que lleva al cristiano libanés Tony y al refugiado palestino Yasser a intercambiar duras palabras después de que Yasser intentara reparar una tubería de desagüe en el balcón de Tony. El insulto que inflige el palestino al cristiano por una nimiedad sin importancia se convierte, como una bola de nieve desbocada, en una avalancha que está a punto de sepultar la paz y sumir en el caos a toda una ciudad. ¿El motivo? ¡Qué más da cuando nos creemos con el derecho divino a ofender!

El Insulto es una película tensa, vehemente y perturbadora que incomoda al espectador desde su inicio y lo zarandea y ahoga hasta el previsible desenlace, en el que una aparente derrota judicial se erige en un éxito íntimo y personal, en una esperanzadora reconciliación anímica que nos permite albergar una tibia esperanza y nos reconforta el corazón.

En definitiva El Insulto nos muestra la dificultad que tienen algunas personas para aceptar la reconciliación y pasar la página a la historia. Los temas tratados son realmente muchos y muy universales: el odio e intolerancia entre pueblos que comparten un mismo territorio y la inquietante relación entre política y religión.

La película estuvo nominada al Oscar de 2017 como mejor película de habla no inglesa y recibió el Premio del público en la Seminci de Valladolid.

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